Crónicas de un argonauta rural

Esta mañana, la memoria histórica del río Patía volvió a agitarse en el lugar menos pensado: una pantalla. Al calor de una ráfaga de mensajes de WhatsApp, el camarada Javier, Quijano y Héctor “hijo” nos enredamos en una de nuestras constantes y apasionadas polémicas. Analizábamos con lupa el reciente partido de fútbol entre las selecciones de México y Ecuador, un encuentro que para cualquiera habría sido puro entretenimiento, pero que para nosotros abrió de golpe las compuertas del pasado. En el centro del debate estaba Julián Quiñones, el potente delantero que hoy defiende la camiseta azteca, y una pequeña nota de vida publicada por ESPN Deportes que Héctor decidió compartir en el grupo.
Héctor, con quien también caminé las trochas duras y los esteros del Pacífico nariñense, soltó una crítica directa que nos golpeó en el orgullo regional: nos recordó, con total crudeza, que los propios nariñenses muchas veces no conocemos verdaderamente a Magüí Payán, ese rincón espeso e histórico de nuestra propia geografía de donde es originario el futbolista. Esa pequeña confrontación digital fue el detonante exacto de esta retrospectiva, el cable a tierra que me obligó a mirar hacia atrás, al año 2005, cuando el río Patía dictaba las leyes de la vida, la muerte y la memoria.
Llegar a esos parajes remotos desde Magüí Payán no era tarea para cualquiera; eran tierras marcadas por mapas invisibles, donde muy pocos forasteros entraban de manera voluntaria y de donde, lamentablemente, no todos lograban salir con vida. Al principio, para mí, toda la travesía era una mezcla de asombro geográfico y emoción misional. El paisaje indómito de Nariño se abría imponente y yo, investido con el título de Director Rural de la Obra Social El Carmen, cargaba con orgullo una cámara fotográfica Canon colgada al cuello.
Tomar registros fotográficos en aquellas latitudes era una sentencia de muerte implícita bajo el reglamento estricto del Frente 29, pero mi labor puramente comunitaria y educativa me otorgaba una suerte de salvoconducto invisible, un permiso tácito para registrar la dura realidad de aquellas pequeñas escuelitas rurales que el Padre Jiménez coordinaba con Tarsicio, Oscar y mi propio ser aventurero, en medio de las trincheras de la guerra y la bravura del río Patía.
Aquel viaje diario a través de las cuencas fluviales se convertía con rapidez en una ruleta rusa. Cada mañana nos embarcábamos en las tradicionales «lanchas», precarias canoas impulsadas por viejos motores fuera de borda de 40 caballos, remendados y reconstruidos de forma artesanal una y mil veces en los talleres mecánicos improvisados del municipio de Magüí Payán. Desde allí se transitaba por Barbacoas, donde los carros eran transportados en ferri por el río, y luego continuábamos por el Patía, que no perdonaba errores de cálculo ni fallas mecánicas. Más de una vez el motor se apagó de golpe justo en mitad de la correntada más fuerte, bajo aguaceros monumentales que borraban por completo la visibilidad del horizonte. En uno de esos fatídicos trayectos, la lancha de madera se volcó por completo. Terminamos todos los tripulantes aferrados con uñas y dientes al casco invertido, tragando agua turbia y esperando un milagro para lograr girarla de nuevo, mientras aguardábamos que alguien nos rescatara en medio de la nada. El río se cobró la vida material de mi primera cámara Canon a lo largo de aquellos años, pero a mí, afortunadamente, me dejó con vida para poder contar el cuento.
Para lograr moverme con cierta tranquilidad institucional por un territorio tan fracturado, el primer eslabón de la cadena de seguridad fue el camarada Javier. Era un comandante guerrillero de aspecto imponente, fornido y robustecido por el peso eterno del equipo de guerra reglamentario, las largas caminatas y los años acumulados de vida en el monte. Le faltaba un ojo —o lo tenía de vidrio—,una particularidad física que le confería una mirada fija, gélida y penetrante, capaz de leer las intenciones ocultas de cualquier interlocutor. Era, además, ávido lector de novelas latinoamericanas y de la revista Semana; en cada viaje había que llevarle un ejemplar. En nuestro primer encuentro formal, con una cortesía pausada pero marcial, nos ofreció alimento y una aparente paz para transitar por sus zonas de control. Sin embargo, su malicia indígena siempre se mantenía en estado de alerta; con tono pausado pero firme, me advirtió desde el primer día que tuviera un cuidado extremo en el trayecto, puesto que la selva y el torrente del río tenían sus propias leyes implacables.
La rutina de inspección de los centros educativos en San Juan de Dios y de mas escuelas de Pueblo Nuevo o El Playón continuaba su curso semana tras semana, hasta que una tarde el protocolo de seguridad cambió deforma imprevista. Llegué a la pequeña escuela de madera de San Juan de Dios esperando ser recibido por la profesora Luz Dary, como era costumbre. En su lugar, me topé de frente con una mujer vestida de civil cuya sola presencia cortaba la respiración. Era Catherine.
En el Frente 29 de las FARC-EP no había un rostro como el suyo. Originaria del Cauca, en sus facciones se mezclaban de manera perfecta los rasgos afro e indígenas, dándole una belleza altiva, magnética y a la vez temida. Debo confesar, desde la distancia que dan los años, que Catherine se convirtió de inmediato en mi primer amor platónico en el monte; una fascinación secreta, puramente contemplativa, nacida en medio de la hostilidad de la selva.
Ella era mucho más que una combatiente: constituía el filtro humano de la organización, la encargada de recibir a los civiles, de auscultar sus intenciones con una mirada que contrastaba con su calidez física y de decidir quién pasaba y quién se quedaba en las compuertas del territorio insurgente. El filtro consistía en retenerte unos dos días en algún sitio para determinar tu origen y tus datos. Al cabo de ese tiempo, sin rodeos ni preámbulos, Catherine me dijo que me estaba esperando el camarada Javier porque quería conversar personalmente conmigo, advirtiéndome que debía aguardar allí mismo hasta que cayera la tarde.
El frío helado en el estómago fue instantáneo. El temor visceral, ese que uno aprende a camuflar con sonrisas fingidas en la selva, se activó en el acto. Las horas transcurrieron con una lentitud insoportable, bajo la silenciosa y atenta guardia de Catherine. Finalmente, a eso de las seis de la tarde, justo cuando la luz del Patía empieza a apagarse para dar paso a la penumbra, el estruendoso rugido de un motor náutico de alta gama rompió la calma del caserío. No era un motor cualquiera de los que usábamos nosotros: era una lancha de asalto imponente, equipada con un potente motor Yamaha 200 que cortaba la corriente con una soberbia absoluta. Dos hombres armados me indicaron de manera firme que debía abordar la embarcación de inmediato.
El destino final de aquel viaje a oscuras por las entrañas del río fue el mítico enclave conocido como El Manantial. Ver aquel complejo en mitad de la noche, con el reflejo de las luces de los generadores sobre una piscina natural perfectamente esculpida por la caída de una imponente cascada, era una contradicción temerosa e irreal. Emergiendo de la manigua se levantaba un hotel con acabados de lujo en madera, mesas de billar profesionales y una tienda con restaurante operativo que desafiaba la hostilidad del entorno.
Pero El Manantial era mucho más que un oasis de recreo: era el verdadero eje político y militar del bloque suroccidental —Cauca, Valle del Cauca y Nariño—, un punto clave para comprenderlas dinámicas más profundas de la insurgencia colombiana. Por los mismos senderos de piedra que yo pisaba con timidez había caminado y pernoctado Alfonso Cano, tejiendo desde allí las estrategias del Bloque Occidental y las directrices ideológicas de la organización. Aquellas paredes y recodos naturales sirvieron también como el búnker logístico donde se organizó y coordinó el cautiverio de los diputados del Valle del Cauca retenidos en Cali, el mismo lugar de confinamiento donde el destino trágico los alcanzó y donde, finalmente, perdieron la vida en medio de la densa penumbra del conflicto.
Aquel santuario clandestino funcionaba como el nudo donde confluían y coordinaban los frentesDaniel Aldana, Mariscal Sucre y el Frente 29 de las FARC-EP. Allí, recostado sobre una de lasbarandas del restaurante, se encontraba el camarada Javier, cargando un fusil de asalto impecableque no se cansaba de exhibir. Al verme entrar, me preguntó de inmediato si yo era el profesorNicolás, clavando su ojo fijo sobre mis reacciones, a lo que respondí afirmativamente intentandomantener la voz lo más estable posible.
El comandante se acomodó el arma al hombro con naturalidad y fue directo al grano, empleando esa particular cortesía armada que, en el fondo, pesa muchísimo más que una amenaza de muerte directa. Me dijo que necesitaba un favor especial de mi parte: como yo viajaba tan seguido y tenía facilidades de movimiento por la zona, debía llevarles un tóner de tinta y papel de impresión de buena calidad en mi próximo viaje de inspección.
En ese preciso instante, el silencio de la noche en El Manantial se volvió denso, únicamente devorado por el murmullo eterno de la cascada. Mi mente comenzó a trabajar a mil revoluciones por segundo, evaluando las ramificaciones de la situación. La lógica de la supervivencia en el Patía no dejaba el más mínimo espacio para dilemas morales o debates éticos institucionales: negarse de manera rotunda no era una opción viable si deseaba seguir respirando. Un «no» en ese lugar significaba, con toda certeza, no volver a salir jamás de los linderos de ese manantial. Acepté el encargo sabiendo que, a partir de ese día, mi maletín de educador rural no solo transportaría tizas y abecedarios para las escuelas, sino también el precio logístico de mi propio pasaporte para mantenerme con vida en la profundidad del río.
Si la presencia de la guerrilla en El Manantial imponía un respeto armado matizado por el diálogo y la cortesía campesina, el tramo del río Patía también era controlado de forma sangrienta por el Bloque Libertadores del Sur (AUC) quienes representaban el terror y la arbitrariedad total. En el Patía nunca existió un solo dueño estable, y el frágil equilibrio de la supervivencia cambiaba radicalmente a la vuelta de cada recodo del río.
Un jueves por la mañana, la chalupa de pasajeros en la que me transportaba iba completamente abarrotada de humildes raspachines, como se reconocen a los recolectores de hoja de coca, comerciantes independientes, trabajadoras sexuales que operaban en las zonas mineras y nosotros, los maestros de la obra social. Al alcanzar el punto conocido como El Playón, una orden tajante gritada desde la orilla obligó al motorista a frenar en seco la embarcación.
Ahora el comité de recepción era paramilitar quienes helaban la sangre de cualquiera. Nos aguardaba un piquete de combatientes de las AUC, en su inmensa mayoría hombres afrodescendientes de gran envergadura física y rostros imperturbables. El combatiente que lideraba la requisa sostenía con total frialdad una enorme hacha de carnicero en la mano derecha, golpeándola rítmicamente contra la palma de la otra. Con una lista de nombres arrugada en la mano, nos ordenaron descender inmediatamente a la playa de arena y formar una fila mirando hacia el monte.
Mi mano temblaba de manera incontrolable mientras buscaba la cédula de ciudadanía en los bolsillos. El suboficial del hacha nos obligaba a mirarlo fijamente a los ojos mientras cotejaba los documentos. Cuando llegó mi turno, se plantó enfrente, acusándome de ser ecuatoriano y preguntándome qué clase de munición traía escondida en la lancha.
Mi rostro redondo y mi cabello largo le habían transmitido la falsa impresión de mi origen, confundiéndome con las comunidades del otro lado de la frontera sur. Se equivocaba en la geografía, pero no en mi raíz ancestral: mis rasgos eran marcadamente indígenas, en efecto, pero provenientes del Putumayo. Con la boca completamente seca por el miedo, logré articular palabra para aclararle que yo era docente legal y trabajaba para la Fundación Obra Social El Carmen, de la iglesia. El hombre del hacha no se quedó conforme y señaló con el filo del arma mi mochila de lona, exigiendo saber qué llevaba allí.
Abrí la cremallera con el corazón latiéndome desbocado en la garganta, sintiendo que el pecho me iba a estallar. Allí reposaba, envuelto en plástico negro, el bendito tóner de tinta negra que el comandante Javier me había ordenado llevar hacia El Manantial.
El mismo objeto prohibido que representaba un peligro de muerte terminó convirtiéndose en mi salvación inesperada ante la sospecha de ser un traficante de armas. Le expliqué que era un tóner original y resmas de papel para la impresora de la escuela rural. Al preguntarme severamente dónde quedaba la escuela, respondí de inmediato que en San Juan de Dios. Tomé la decisión consciente de no mentir sobre la ubicación porque en aquellas lanchas públicas todos nos conocíamos los pasos; sabía que varios civiles me habían visto abordar allí esa mañana, y el terror latente a ser delatado si daba un dato falso me obligó a aferrarme a la verdad de la escuela. El paramilitar observó la caja, me clavó la mirada una última vez y pasó de largo hacia el siguiente pasajero.
El veredicto final de aquel retén llegó pocos minutos después con una orden lacónica que mandó subir a todos de inmediato a la lancha, excepto a una mujer muy joven que se encontraba al final de la fila. No portaba documento de identidad, estaba aterrorizada y lloraba con un desconsuelo tan profundo que partía el alma. Nadie en la lancha se atrevió a reconocerla ni a cruzar miradas con ella.
En el complejo submundo del río Patía, las identidades civiles se borraban con una facilidad espantosa: bien podía tratarse de una trabajadora sexual de los bloques mineros, una informante de la guerrilla o una miliciana en fuga; nadie preguntó, nadie intentó interceder por ella. Se quedó plantada allí en la playa, descalza sobre la arena, rodeada por los fusiles camuflados y el hacha. Hasta el sol de hoy, su nombre, su rostro y su destino final permanecen completamente borrados por la corriente turbia del río Patía; nunca más supimos de ella.
Abordamos la lancha en un silencio sepulcral. Mientras el motor remendado volvía a encenderse, los pasajeros a mi alrededor rompieron a llorar de puro alivio, rezando en voz baja y agradeciendo a Dios el milagro de haber superado aquel retén con vida. Yo sudaba frío por cada uno de los poros de mi cuerpo, plenamente consciente de haber estado a un milímetro de que ese playón de arena fuera el final definitivo de mi existencia.
Con el transcurrir de los meses, las solicitudes de aprovisionamiento en la ruta se transformaron a la par de la guerra. Las reuniones anuales de planeación curricular con los docentes de la Obra Social El Carmen se volvieron considerablemente más exigentes y, pronto, en el fondo húmedo de las lanchas, me correspondió empezar a transportar computadores, destinados tanto a las escuelas como a las oficinas selváticas de los campamentos insurgentes.
Mi rol y mi estatus de seguridad en el territorio dieron un vuelco definitivo gracias a una competencia técnica que había adquirido durante mis años de formación universitaria: el diagnóstico, reparación y mantenimiento de hardware y sistemas informáticos. En una vasta zona selvática desconectada del mundo moderno, sin fluido eléctrico estable y con niveles de humedad destructivos, poseer la capacidad técnica de revivir una computadora rota era el equivalente a detentar un superpoder de valor incalculable.
Aquel conocimiento específico me abrió las puertas de los santuarios más profundos de la organización armada. Ya no solo visitaba El Manantial en labores de supervisión de paso rápido; ahora me sentaba directamente en el corazón de los campamentos principales de las FARC-EP. Bajo la frondosa sombra de los árboles de la selva nariñense, mientras los combatientes realizaban el mantenimiento de sus fusiles de dotación, yo desarmaba minuciosamente sus computadoras portátiles y de escritorio, limpiando tarjetas madre con alcohol isopropílico y resucitando discos duros que contenían información crucial para sus frentes. El tablero pedagógico, las ciencias de la computación y el fusil compartían exactamente el mismo espacio físico de trabajo.
Con el tiempo, el destino de quienes habitaban ese laberinto de selva y agua comenzó a cerrarse de manera trágica, recordándome la fragilidad de los hilos que sostenían la vida en el sur de Colombia. Años después de mis recorridos, la noticia del final de Catherine me llegó como un eco doloroso de la guerra. Aquella mujer que un día me recibió de civil en San Juan de Dios encontró la muerte en un feroz combate en el año 2013 contra el Ejército Nacional en el municipio de Cumbitara, específicamente en el agreste sector de Hueco.
Fue una acción militar de una crudeza absoluta, ejecutada por un comando del Frente 29 compuesto por apenas 12 unidades. Según los datos oficiales y los relatos que el propio Javier compartiría después, el enfrentamiento dejó un saldo demoledor: la guerrilla logró recuperar 7 fusiles, 35 proveedores y 11 equipos de campaña con su respectiva dotación, a costa de la vida de 9 miembros de las Fuerzas Militares. Sin embargo, la única baja del lado de las FARC en ese asalto fue ella.
La mujer del Cauca, el filtro inquebrantable de los caminos del Patía y aquel primer e imborrable amor platónico de mis días de maestro rural, terminó sus días lejos de su tierra originaria. Sus restos fueron a parar, bajo la fría etiqueta de NN, al anonimato del cementerio de la Comuna 10 de Pasto. Una paradoja cruel de la memoria: su rostro imborrable en el territorio terminó sepultado en una tumba sin nombre.
Fue en medio de ese intercambio de mensajes matutinos sobre el partido de fútbol, mientras desmenuzábamos la historia de Julián Quiñones, cuando el camarada Javier, conocedor profundo de cada rincón y cada apellido de esa indómita región, soltó un dato que nos dejó en silencio. Nos contó que en sus años de monte conoció de cerca a Mayerly, según él, prima hermana del propio Julián Quiñones.
Mayerly no era una combatiente cualquiera: era una aguerrida mujer guerrillera que rompió los esquemas tradicionales de la organización armada al convertirse en una de las primeras mujeres comandantes del Frente 29 de las FARC-EP, liderando unidades con disciplina de hierro en las mismas cuencas donde su primo, años después, gambetearía el destino para alcanzar la fama en las canchas internacionales. Dos destinos nacidos de las entrañas de Magüí Payán: uno detrás de un balón bajo los reflectores del mundo, y el otro empuñando un fusil bajo el palio verde de la selva nariñense.
Eran los tiempos convulsos de una Colombia encendida social y políticamente, marcados por la transición gubernamental entre los mandatos de Andrés Pastrana Arango y los inicios de Álvaro Uribe Vélez. Los paros cívicos, las movilizaciones masivas y las protestas comunitarias se organizaban meticulosamente desde las bases sociales, y los educadores salíamos a marchar con convicción por la defensa de los derechos de las comunidades afro e indígenas.
En medio de esa efervescencia, la dirección me encomendó una nueva tarea, acaso mucho más peligrosa y delicada: convocar, articular y guiar de manera segura a los principales líderes estudiantiles, campesinos y del magisterio regional. Para cumplir esta misión me adentré por trochas y rutas fluviales aún más desconocidas y esquivas del Patía, llevando conmigo a nuevos personajes que se sumaron con valentía a la travesía: Óscar, Venancio y Wilson, muchachos aguerridos, destacados líderes universitarios y dirigentes agrarios forjados al calor de las protestas populares. Mi misión consistió en encaminarlos de forma segura, servirles de baquiano y guía en esa compleja geografía humana y armada, ayudándolos a coordinar de manera clandestina distintas tareas de organización en aquellas difusas fronteras donde la vida civil se tocaba inevitablemente con la insurgencia armada de Colombia.
Mirando hoy en perspectiva aquellos años intensos que transcurrieron desde el 2005 en adelante, soy plenamente consciente de que aquella experiencia territorial constituyó una verdadera escuela de vida y resistencia que ninguna aula universitaria del mundo me hubiera podido otorgar jamás. Caminé las cuencas del Patía con el miedo físico metido de forma constante en la médula de los huesos, vi naufragar mis herramientas de trabajo en la furia de la corriente, esquivé con una sangre fría impensable el filo de un hacha paramilitar acorralado por un cartucho de tinta para impresora, y terminé compartiendo la mesa de campaña con los comandantes de la insurgencia en El Manantial, aquel oasis donde los hilos de la gran historia del conflicto y los dolores más profundos de la nación se cruzaban con mis pasos de maestro.
Al final del día, la Obra Social El Carmen, inspirada en la visión pastoral del recordado Padre Jiménez, nos transformó radicalmente en cronistas de excepción y sobrevivientes de una realidad nacional desgarradora, donde la delgada línea entre el noble ejercicio de enseñar y el puro milagro de sobrevivir se borraba todas las mañanas con la inevitable subida de la marea del río. El trágico destino de Catherine, sepultada en una fosa sin nombre en Pasto; los hilos de sangre e historia que conectan a Magüí Payán a través de Mayerly y Julián Quiñones; los intrincados caminos compartidos con Óscar, Venancio y Wilson; las asambleas clandestinas en la espesura del monte… esa, sin duda alguna, ya será materia para otra crónica.
Por. Winston Arteaga Aguillon.