En la historia de las luchas sociales, siempre ha existido una tensión entre quienes asumen la responsabilidad de transformar la realidad a través de la política institucional y aquellos que, tras haber firmado un compromiso, se retiran a los márgenes para lanzar piedras contra lo que ellos mismos ayudaron a construir. Si Lenin analizara hoy la situación del Partido Comunes frente a los firmantes renegados, su diagnóstico sería implacable: estamos ante una manifestación de «infantilismo político» y «vacilación pequeñoburguesa».

Lenin fue enfático: la política no es una avenida limpia y recta como el «Nevsky Prospect». Para el Partido Comunes, la participación en el Congreso y en la democracia liberal no es una traición a los principios, sino el nuevo terreno de combate tras el abandono de las armas. Los firmantes renegados, que critican esta participación tachándola de «reformista» o «claudicadora» pero no ofrecen una alternativa organizativa real ni una ruta de masas, caen en lo que Lenin llamaba la fraseología. Critican desde la comodidad de la inacción, olvidando que es preferible cometer errores en la práctica de la implementación que mantener una «pureza» estéril en el aislamiento del café o las redes sociales.

Para el leninismo, el «renegado» no es solo quien cambia de opinión, sino quien sabotea la disciplina colectiva porque no tiene la voluntad de sostener el esfuerzo de largo aliento. Lenin señalaba, la crítica es necesaria, pero solo si se hace desde dentro y para fortalecer la acción. El ataque externo por parte de quienes compartieron las filas solo sirve a los intereses de la reacción (en este caso, a los enemigos de la paz).

Aquellos que hoy atacan al Partido Comunes por «hacer política» mientras ellos mismos se desvinculan del trabajo territorial y de la base de firmantes, están cumpliendo el papel que Lenin asignaba a los charlatanes: debilitar la vanguardia en el momento en que la cohesión es más crítica.

Uno de los pilares de la táctica leninista es que un revolucionario debe trabajar donde estén los comunes, las masas, aunque sea en los parlamentos más reaccionarios. Los críticos que acusan a Comunes de «institucionalizarse» sin proponer cómo movilizar a los 13,000 firmantes de otra manera, demuestran su incapacidad para entender la política como ciencia.

Como decía Lenin, quien se niega a utilizar las armas de la política legal cuando no hay condiciones para otra forma de lucha, no es un revolucionario, es simplemente un obstáculo.

Al final del día, el leninismo nos enseña que la historia no la escriben los que se quejan de que «las cosas no son como antes», sino quienes tienen el valor de adaptarse para seguir siendo útiles a su clase y a su pueblo. Los firmantes renegados que viven de la crítica sin construcción son, en términos leninistas, «polvos que el viento de la historia se llevará», mientras que el Partido Comunes, con todos sus desafíos y errores, sigue siendo el instrumento real que intenta concretar lo pactado en el papel.

El artículo «El electorerismo, un callejón sin salida» es un ejemplo de libro de lo que Lenin definía como la vacilación del intelectual frente a la crudeza de la lucha política real. Bajo un barniz de citas de Gramsci y el Che Guevara, el autor intenta disfrazar de «giro táctico» lo que en realidad es una capitulación ante la dificultad: el abandono de la vanguardia en el escenario donde se decide hoy la correlación de fuerzas en Colombia.

Se nos acusa de ser una «fábrica de avales» y de caer en el pragmatismo. Lenin respondería con una pregunta: ¿Dónde están las masas hoy? Las masas están participando, votando y esperando soluciones concretas en el marco de la legalidad que conquistamos en La Habana.

Llamar «insignificancia consentida» a la lucha parlamentaria es un insulto a los firmantes que, desde sus curules y gestiones, han evitado el trizas del Acuerdo. El autor propone una «subjetividad nueva» que nace en los territorios, pero olvida que sin representación política centralizada (el Partido), esos esfuerzos territoriales son fragmentados, aislados y fácilmente aniquilados por el enemigo. El «Nuevo Poder» no surge del aislamiento romántico, sino de la combinación dialéctica entre la movilización de base y la incidencia en las alturas.

La verdadera «Realpolitik» revolucionaria es la que mantiene el Partido unido, con presencia en el Estado y en la calle, sin miedo a las contradicciones. La alternativa que propone el autor no es un «giro estratégico», es una receta para convertirnos en una secta de opinión, pura en sus palabras, pero nula en su impacto sobre la realidad colombiana.

Por Winston Arteaga A

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