La nueva senda del inquilinato y el nomadismos urbano, sus ronrroneos y lenguajes contrariados. Del eterno ir y venir, de un incesante de aquí para allá, de un movimiento sobre el mismo lugar, un gravitar sin variabilidad. El nuevo lugar de arrendamiento, es una casita repleta de nostalgias, cargada de parecidos y recuerdos de los lugares vividos en mis numerosas vidas pasadas. Aún sigo anclado a la evocacion, aún no soy capaz de vivir en medio de tanta gente y apartamentos confortables, aún los rastros de la soledumbre me atrapan y regresan al pasado bucólico lleno de fantasmas y voces. Fui incapaz de comprender las transacciones impuestas por las imprescindibles inmobiliarias, sus exigencias contractuales, sus sagrados documentos inviolables, su impersonal ida fría y ausente; corrí el albur de transar en un lenguaje de recateos, rebajas, requeñeques y de imposibles cumplimientos de exigencias caprichosas e intercambios mutuos con la dueña de la casita, forcejeos propios de estos quehaceres. La dueña del lugar, quien todavía forcejea con el nuevo inquilino, insiste que no se refieran al lugar con diminutivos, que así sea pequeña su casa, para ella es un caserón. Pese a vivir a dos cuadras, la señora dueña de la casita, me reza un rosario de recomendaciones difíciles de cumplir, me dice que por favor no fume Marihuana, ni inhale coca en el lugar, que no le gusta el ruido, el licor, la música rock y el currulao, que por favor no entre mujeres a media noche, que las reuniones de hombres solos son sospechosas por estos tiempos, que no se me ocurra hacer rituales diabólicos o adoraciones paganas, que le cuide su casa y no se la vaya a tumbar, que me cuide muchos y por favor me acoja a cristo para vivir una vida eterna y en paz. Todo eso hace parte de una forma de hábitar que poco a poco desaparece como se esfuman las palabras lanzadas a la nostalgia del viento. Esa vernáculas maneras de buscar donde vivir, donde habitar, casi que han muerto, se han extinguido, dando paso a los inapelables sistemas del capital de renta, que han monopolizado la vivienda y la vida nuda. Ahora estoy de nuevo en las fantasmales casitas que resisten al tiempo y la inmediatez de una modernidad que se ensombrece intentando hacer que todo lo sólido se desbanezca en el aire.

Ciudad de las Palmas, Barrio Nuevo, 17 de febrero de 2018

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