Los quilqiris fueron los escribanos quichuas que habitaron los lomos rocosos de los andes durante milenios. Algunos de ellos, hábilmente lograron desentrañar los signos y las redes entramadas del castellano, apropiaron sus enunciaciones a la perfección durante el periodo infernal de la conquista y la colonia. Los quilqiris caminaron cada palmo de los andes, cada rincón, cada lugar, cada decir, cada gesto, cada alegría, cada tristura, y cada silencio, también. Sus vidas transcurrieron entre la narración y la escribancia, fueron de algún modo los tejedores y artesanos de la palabra. Caminaron imbuidos y embadurnados del saber de cada pueblo milenario en estas remotas tierras. Ejercieron el arte del saber escuchar, otearon la profundidad de los resortes secretos del desbordante corazón andino. Cada palabra que escribieron tenía el olor de los pueblos, sus efluvios y aliento; sus exquisitos aromas y sabores. Escribieron con el corazón, olfato, oído, la mirada, el tacto, con el movimiento y la quietud; hilaron con la boca colmada de hojas de coca y trazas de cal; escribieron también bajo el influjo infaltable del humeante abuelo tabaco; mascullaron palabras junto a las demás plantas de poder de los climas tórridos. Dibujaron en movimiento las palpitaciones del cosmos entero utilizando la tinta risueña del fantástico cactus -guachuma-. Hicieron trazos melódicos con la quena y el viento. Todo ello, les permitió domesticarse así mismos, pulir sus formas y sus trazados. Procuraron que palabra recorriera sus propias entrañas y las mutables cartografías de la piel. Sus miradas tatuaron el instante, vinculando la existencia a la totalidad cósmica de los días y las noches. Sus narrativas surgieron de los oleajes indómitos de muchas lenguas y saberes. Los quilqiris se diluyeron con alegransa en todas las fuerzas edificantes de la palabra milenaria, abrazaron las corrientes torrentosas del pasado y las del esperado porvenir en un eterno instante. Los quilqiris fueron los Yachac -los sabedores de la palabra escrita-, supieron desde siempre que las palabras eran criaturas aladas, seres vivientes difíciles de atrapar -palabras colibrí-. Las libertinas palabras pese a hacer domesticadas en la escritura, poseen el embrujo de escapar en mascars de diversas significaciones. Los quilqiris conocieron el poder de la palabra en las noches de luna llena, danzando en las eternas oralidades al ladito de las comunidades del fuego. De boca en boca, de oído en oído, de piel en piel, caminaron la palabra hasta el vivir de los tiempos. Los quilqiris se esfumaron en el espacio, volverán tal vez cuando la misma palabra les otorgue retoñar de nuevo como gentes del maíz.

Ciudad de la Palmas, febrero 6 de 2018

Avatar de Winston Arteaga

Publicado por

Categories:

Deja un comentario